Un día sin risas ni flores

A day without laughter or flowers
By José López Zamorano | La Red Hispana
Every February 14, balloons, flowers, strawberries and messages of love fill our homes, our phones, and more. Valentine’s Day is a date when millions celebrate love with dinners, gifts and romantic gestures.
However, in the midst of this celebration, there is a select population for whom love is experienced with nostalgia, distance and sacrifice: the migrant community in the United States.

For many families, Valentine’s Day is not just a celebration, but a reminder of separation: parents who left their children in their countries of origin, spouses who live thousands of miles away, and young people who have grown up without being able to hug their grandparents.
Migrant love is a love that survives distance, uncertainty and the challenges of life in a country that often does not recognize or protect them.
The United States is home to immigrants, including Latinos who left everything behind looking for a better life. They work long hours, send remittances to their families and face barriers such as language, lack of papers and discrimination.
Love becomes a fundamental pillar of their resistance: love for family, community and hope for a better future.
For many migrants, Valentine’s Day is not celebrated with elegant dinners, but with tearful video calls, letters that cross borders and memories of kisses that will take months or years to repeat.
This is the case of day laborers who work since dawn without being able to see their partners, of mothers who have raised their children through telephone calls, and of young people who grew up without the physical presence of their parents.
And how will some celebrate this Valentine’s Day? With fear, anxiety, worry and in some cases, panic.
A Latino union leader told me that fruits are rotting on farms because farm workers are afraid of raids and deportations. Many will celebrate Valentine’s Day by hiding and looking out their windows when they hear the sound of patrols.
Perhaps in many homes there will be neither strawberries nor roses on Valentine’s Day.
But love is also manifested in the solidarity of many. In community centers, churches, organizations and in the hearts of millions of people, migrants find emotional support and companionship. They are not alone.
Valentine’s Day, in its essence, is not only a date for lovers, but a day to reflect on love in all its forms. It is an opportunity to recognize the sacrifice of migrants, value the resilience of their families and demand more humane policies that allow family reunification, better living conditions, and dignified and respectful treatment.
Because true love is not measured in gifts or expensive dinners, but in the daily effort to maintain ties despite the distance, in promises that resist time and in the hope of a reunion.
For migrants, every call, every letter and every memory is a testimony that love is stronger than distances and borders.
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Un día sin risas ni flores
Por José López Zamorano | La Red Hispana
Cada 14 de febrero, las casas se llenan de globos, flores, fresas y mensajes de amor. San Valentín es una fecha en la que millones celebran el amor con cenas, regalos y gestos románticos.
Sin embargo, en medio de este festejo, hay un sector de la población para quienes el amor se vive con nostalgia, distancia y sacrificio: la comunidad de migrantes en Estados Unidos.
Para muchas familias, el Día de San Valentín no es solo una celebración, sino un recordatorio de la separación.
Padres que dejaron a sus hijos en sus países de origen, esposos que viven a miles de millas de distancia y jóvenes que han crecido sin poder abrazar a sus abuelos.

El amor migrante es un amor que sobrevive a la distancia, a la incertidumbre y a los desafíos de la vida en un país que muchas veces no los reconoce ni los protege.
Estados Unidos es el hogar de inmigrantes, y una gran parte de ellos son latinos que dejaron todo atrás buscando una vida mejor. Trabajan largas jornadas, envían remesas a sus familias y enfrentan barreras como el idioma, la falta de papeles y la discriminación.
El amor se convierte en un pilar fundamental de su resistencia: El amor por la familia, por la comunidad y por la esperanza de un futuro mejor.
Para muchos migrantes, San Valentín no se celebra con cenas elegantes, sino con videollamadas llenas de lágrimas, cartas que cruzan fronteras y recuerdos de besos que tardarán meses o años en repetirse.
Es el caso de los jornaleros que trabajan desde la madrugada sin poder ver a sus parejas, de las madres que han criado a sus hijos a través de llamadas telefónicas, y de los jóvenes que crecieron sin la presencia física de sus padres.
¿Y cómo celebrarán este día de San Valentín? Con miedo, ansiedad, preocupación y en algunos casos, pánico.
Un líder sindical latino me comentaba que las frutas se están pudriendo en granjas porque los trabajadores del campo tienen temor a las redadas y deportaciones. Muchos celebrarán San Valentín escondidos y asomándose por sus ventanas cuando escuchan el sonido de patrullas.
Quizás en muchas casas no habrá por ello ni fresas ni rosas en San Valentín.
Pero el amor también se manifiesta en la solidaridad de muchos. En centros comunitarios, iglesias, organizaciones y en los corazones de millones de personas. los migrantes encuentran apoyo emocional y compañía. No están solos.
San Valentín, en su esencia, no es solo una fecha para los enamorados, sino un día para reflexionar sobre el amor en todas sus formas. Es una oportunidad para reconocer el sacrificio de los migrantes, valorar la resiliencia de sus familias y exigir políticas más humanas que permitan reunificaciones familiares, mejores condiciones de vida, trato digno y respetuoso.
Porque el amor verdadero no se mide en regalos ni en cenas costosas, sino en el esfuerzo diario por mantener los lazos a pesar de la distancia, en las promesas que resisten el tiempo y en la esperanza de un reencuentro.
Para los migrantes, cada llamada, cada carta y cada recuerdo es un testimonio de que el amor es más fuerte que las distancias y las fronteras.
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