Treating Trauma
Tratando el trauma

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Treating Trauma

By James McGuirk, Ph.D.

At age seven, Edward, watched as his mother Alma (real names withheld for confidentiality) endured the pangs of an abusive relationship. Though she would later succeed in extricating them both, Edward’s life was marked with trauma.

He lashed out at school, fought with his siblings at home, and his behavior at school worsened. Alma became overwhelmed and didn’t know how to respond properly to calm him down.

Things began to change after Edward was enrolled in an Astor Services for Children and Families treatment facility in the Bronx. In the beginning, progress was slow.

Yet as Edward acclimated to his new environment and the site’s program, his mother noticed that he became calmer and more agreeable with his siblings. She also learned new skills from Astor’s staff that taught her how to help her son manage his anger and fear.

Today, Edward is 13 and successfully integrated back into his neighborhood’s public school. Alma reports that without Astor’s support, she doesn’t know if her family would have made it through that turbulent time. Now she, Edward and the rest of their family are looking forward to a promising future.

When left unattended, children coping with trauma and the associated stress can become troubled, as do their families and communities. The resulting emotional difficulties will impact learning and can lead to higher high school dropout rates.

Only 30 percent of children ages 14 and older with an emotional disturbance earn a standard high school diploma, according to the New York State Council on Children Families. ‎

The stigmas surrounding mental struggles can add to a child’s sense of despondency, making him or her liable to engage in dangerous behaviors and even suicide. In addition, there is clear scientific data that links the number of traumatic events we experience during childhood to many areas of adult functioning, including health status and life expectancy.

In the Bronx, the toxic stress of poverty adds to the burden of trauma and contributes to the 22.3 percentof 16-to-24-year-olds that are neither in school nor working, a group that Measure of America refers to as “disconnected youth.” If the current trajectory of their lives is unchanged, the long-term economic and social burdens on their communities could be significant.

Stigma surrounding mental struggles can add to a child’s sense of despondency.

Communities can help children cope with harrowing events and prosper as healthy, contributing members of society by coming together in funded and effective approaches through public, government and private partnerships that help identify, treat and connect with the children affected by trauma. Young children with emotional and behavioral challenges from a traumatic experience have been shown to benefit from early intervention programs, making it important to identify issues early on.

Public awareness campaigns that lead to a heightened awareness of the roots of childhood trauma and its disturbing effects are needed. So are continuing, open conversations about preventative measures and the mental and behavioral instability that often follows traumatic experiences and how to mitigate them. Accessible home-, school- and peer-based programs for troubled kids and their families are also vital, particularly services aimed at developing youth and teens.

Communities must commit to the treatment, health care and education of their vulnerable youth to show them how to become successful adults, especially when parents can’t support or care for their children.

James McGuirk, Ph.D., is Executive Director and CEO of Astor Services for Children and Families in Rhinebeck, New York, and the Bronx in New York City. For more information, please visit astorservices.org.

Tratando el trauma

Por James McGuirk, PhD.

A la edad de siete años, Edward vio a su madre, Alma (los nombres reales fueron omitidos por confidencialidad), soportar los dolores de una relación abusiva. Aunque más tarde lograría liberarlos a ambos, la vida de Edward estuvo marcada por el trauma.

Atacaba contra la escuela, peleaba con sus hermanos en casa y su comportamiento empeoraba. Alma se sintió abrumada y no sabía cómo reaccionar adecuadamente para calmarlo.

Las cosas empezaron a cambiar después de que Edward se inscribió en un centro de tratamiento de Servicios Astor para Niños y Familias en el Bronx. Al principio, el progreso fue lento, pero mientras Edward se aclimataba a su nuevo entorno y al programa del sitio, su madre notó que se calmó y se volvió más agradable con sus hermanos. También aprendió nuevas habilidades que el personal de Astor le enseñó para ayudar a su hijo a controlar su ira y su miedo.

Hoy, Edward tiene 13 años y se ha integrado con éxito nuevamente en la escuela pública de su vecindario. Alma informa que, sin el apoyo de Astor, no sabe si su familia habría sobrevivido a ese momento turbulento. Ahora ella, Edward y el resto de su familia esperan un futuro prometedor.

James McGuirk es el Director Ejecutivo de Astor Services for Children.

Cuando se les deja desatendidos, los niños que enfrentan trauma y el estrés asociado pueden llegar a ser problemáticos, al igual que sus familias y comunidades. Las dificultades emocionales resultantes afectarán el aprendizaje y pueden llevar a tasas de abandono escolar.

Solo el 30 por ciento de los niños mayores de 14 años con un trastorno emocional obtienen un diploma estándar de preparatoria, de acuerdo con el Consejo de Niños y Familias del Estado de Nueva York.

El estigma se suma a su desaliento, haciéndolos propensos a tener comportamientos peligrosos e incluso suicidios. Además, hay datos científicos claros que vinculan la cantidad de eventos traumáticos que experimentamos durante la infancia con muchas áreas del funcionamiento de los adultos, incluido el estado de salud y la esperanza de vida.

En el Bronx, el estrés tóxico de la pobreza se suma a la carga del trauma y contribuye al 22.3 por ciento de los jóvenes de 16 a 24 años que no están en la escuela ni en el trabajo, un grupo al que Medida de Estados Unidos se refiere como “juventud desconectada”. Si la trayectoria actual de sus vidas no cambia, las cargas económicas y sociales a largo plazo en sus comunidades podrían ser significativas.

Las comunidades pueden ayudar a los niños a enfrentar los eventos angustiosos y a prosperar como miembros saludables y contribuyentes de la sociedad al unirse en enfoques financiados y efectivos a través de asociaciones públicas, gubernamentales y privadas que ayudan a identificar, tratar y conectarse con los niños afectados por el trauma. Se ha demostrado que los niños pequeños con problemas emocionales y de comportamiento a partir de una experiencia traumática se benefician de los programas de intervención temprana, por lo que es importante identificar los problemas desde el principio.

“Los programas accesibles para niños con problemas y sus familias son vitales”, escribe McGuirk.

Se necesitan campañas de concientización pública que conduzcan a una mayor conciencia de las raíces del trauma infantil y sus efectos perturbadores. También se necesitan conversaciones abiertas y continuas sobre las medidas preventivas y la inestabilidad mental y del comportamiento que a menudo sigue a las experiencias traumáticas y cómo mitigarlas. Los programas basados en el hogar, la escuela y pares para niños con problemas y sus familias son vitales, en particular los servicios destinados al desarrollo de jóvenes y adolescentes.

Las comunidades deben comprometerse con el tratamiento, la atención médica y la educación de sus jóvenes vulnerables para mostrarles cómo ser adultos exitosos, especialmente cuando los padres no pueden apoyar o cuidar a sus hijos.

James McGuirk, PhD., es director ejecutivo y director general de Servicios Astor para Niños y Familias en Rhinebeck, Nueva York, y el Bronx en la ciudad de Nueva York. Para obtener más información, por favor visite astorservices.org.