Thanks, Tuck
Gracias, Tuck

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Thanks, Tuck

By Robin Elisabeth Kilmer


Everything I need to know I learned from my dog.

It is easy to see them for the silly, outgoing, optimistic creatures they often appear as, but we would be remiss not to look beyond the obvious.

I have always thought dogs to be great role models.

The author has cared for Tuck since middle school. Photos: Anne Ducey

The author has cared for Tuck since middle school.
Photos: Anne Ducey

I’m not suggesting we should take to sniffing each other’s rear ends or stealing hamburgers from children at barbecues.

My dog, Tuck, is guilty of the same, but he and other dogs I have known have also taught me a great deal about what’s important in life.

We got Tuck when I graduated from middle school.

We named him Tuck because he had a puppy tummy reminiscent of Friar Tuck’s belly. We soon learned he was as voracious as his namesake.

I potty-trained him, picked ticks out of his ears, and made sure he didn’t eat everything in his path.

Despite my vigilance, there were many items he managed to sneak down, including bike helmets, bits of carpet, floss, and other bizarre and worrisome things that we found only after he voided his bowels.

Don’t ask me how he’s still alive, or how he got his paws on them.

Tuck eventually learned that the whole world wasn’t his food bowl, and to show a little remorse, he would roll over on his back, exposing his belly and the hole in the carpet he was working on.

He’d blink at us with watery eyes.

And of course, we forgave him.

It was easier to strategically rearrange the furniture to cover the holes in the carpet than to stay mad at Tuck.

In turn, he never stayed mad at us.

And he plenty of reason to be angry, if he chose.

My sisters, mom and I left for unaccounted periods of time to go to school and work and left him alone.

We didn’t let him chase rabbits.

We never shared our food with him at the dinner table, no matter how many passive aggressive hints he dropped.

But Tuck wouldn’t hold any of this against us.

“Tuck doesn’t question or hold grudges.” Photo: Christine Marie Kilmer

“Tuck doesn’t question or hold grudges.”
Photo: Christine Marie Kilmer

At the end of the day, he always had a smile, a wag, and a warm wet lick for us.

Even now, when my sisters and I return home, Tuck doesn’t question or hold grudges.

Instead, he greets us with happy bellows of delight, nudges us with his wet face, and exposes his belly for a rub.

When I was in high school, it was a relief to be with a creature that didn’t care how badly you messed up your chemistry test or that you preferred the Beatles to N’Sync.

Now it is nice to come home to a family member who has always loved me no matter what I am doing (or not doing) with my life.

Tuck, like most dogs, just needs a few things from us: security, affection, meals, patience, forgiveness, and ample opportunities to run around and enjoy some fresh air.

I also need things from Tuck: his bark if someone enters the house uninvited; his patience if he must wait for his walk; his forgiveness every time I leave him; cuddles on the couch that leave dog hair on my sweaters; and the opportunity to run around under a blue sky with a creature that loves me just the way I am.

Tuck is 15 now. <i>Photo by Christine Marie Kilmer</i>

Tuck is 15 now.
Photo by Christine Marie Kilmer

These are also things that people need from each other—only we have added countless amendments and clauses to the demands that we make of the people we love, or want to love.

Tuck is not a young puppy with indestructible bowels anymore.

In fact, my mom reports that he is going to the bathroom in the house again for the first time since he was young.

He doesn’t seem to be in pain, or listless, but on the decline, she said.

At 15, he’s an old man, though he doesn’t seem to know it.

But tears came to my eyes when I think of him as heading to the point of no return, where I call for him, and he doesn’t come running back to me, to think that some day I’ll come home, and he won’t be there.

The last time I visited home and saw Tuck he was still game for everything, though now he needs help jumping onto the couch and going up the stairs.

Tuck still runs with great zeal, but slower and not as far as before.

As he is going slightly deaf, he can’t always hear my sisters and I calling him, so we get into his peripheral vision and flap our arms to get his attention.

When he notices us, he wags his tail, gives us a tongue-lolling smile and comes bounding forward.

In these moments he is the embodiment of pure joy.

I love him and thank him for everything he has taught me

Gracias, Tuck

Por Robin Elisabeth Kilmer


Todo lo que necesitaba saber lo aprendí de mi perro.

Es fácil verlos por lo tontas, extrovertidas, optimistas, criaturas que a menudo parecen ser, pero sería negligente no mirar más allá de lo obvio.

La autora ha cuidado a Tuck desde la escuela secundaria.<br /><i>Foto por Anne Ducey</i>

La autora ha cuidado a Tuck desde la escuela secundaria.
Foto por Anne Ducey

Siempre he pensado en los perros como grandes modelos a seguir.

No estoy sugiriendo que deberíamos oler las partes traseras de los demás o robar las hamburguesas de los niños en las barbacoas.

Mi perro, Tuck, es culpable de lo mismo, pero él y otros perros que conozco también me han enseñado mucho acerca de lo que es importante en la vida.

Recibimos a Tuck cuando me gradué de la escuela secundaria.

Lo nombramos Tuck porque tenía una panza de cachorro que nos recordaba el vientre de Friar Tuck. Pronto nos enteramos de que era tan voraz como su tocayo.

Lo enseñé en tapetes desechables, quité las garrapatas de sus orejas y me aseguré de que no comiera todo lo que se encontrara en su camino.

A pesar de mi vigilancia, hubo muchos elementos que logró esconder, incluyendo bicicletas, cascos, pedazos de alfombra, seda y otras cosas extrañas y preocupantes que encontramos sólo después de hubiera anulado sus entrañas.

No me pregunten cómo sigue vivo, o cómo llegaron a sus patas a ellos.

Tuck, finalmente aprendió que el mundo no era su plato de comida y a mostrar un poco de remordimiento.

Se daba la vuelta sobre su espalda, dejando al descubierto su vientre y el agujero en la alfombra en el que estaba trabajando.

Nos parpadeaba con los ojos llorosos.

Y, por supuesto, lo perdonábamos.

Era más fácil reorganizar los muebles estratégicamente para cubrir los agujeros en la alfombra que permanecer enojados con Tuck.

Por su parte, nunca se quedó enojado con nosotros.

Y tenía un montón de razones para estar enojado, si así lo hubiera querido.

Mis hermanas, mi madre y yo nos fuimos durante varios períodos para ir a la escuela y al trabajo, dejándolo solo.

Nunca compartimos nuestra comida con él en la mesa, sin importar cuántas indirectas pasivo agresivas nos enviara.

Pero Tuck no usaría todo eso en contra de nosotros.

“Tuck no cuestiona ni guarda rencor”. Foto por Christine Marie Kilmer

“Tuck no cuestiona ni guarda rencor”.
Foto por Christine Marie Kilmer

Al final del día, siempre tiene una sonrisa, un meneo y una lamida cálida y húmeda para nosotros.

Incluso ahora, cuando mis hermanas y yo volvemos a casa, Tuck no cuestiona ni guarda rencor. En su lugar, nos da la bienvenida con fuelles de alegría, nos da un codazo en la cara mojada y expone su vientre para un masaje.

Cuando estaba en la escuela secundaria, fue un alivio estar con una criatura a la que no le preocupaba lo mal que mal que había salido en la prueba de química o que prefiriera a los Beatles sobre N’Sync.

Ahora bien, es agradable volver a casa y encontrar a un miembro de la familia que siempre me ha amado sin importar lo que estoy haciendo (o no haga) con mi vida.

Tuck como la mayoría de los perros, sólo necesita un par de cosas de nosotros: seguridad, afecto, comidas, paciencia, perdón y muchas oportunidades para correr y disfrutar de un poco de aire fresco.

Necesito también cosas de Tuck: su ladrido si alguien entra en la casa sin ser invitado, su paciencia si tiene que esperar por su paseo, su perdón cada vez que lo dejo; abrazos en el sofá que dejan el pelo de perro en mis suéteres y la oportunidad de correr bajo un cielo azul con una criatura que me ama tal como soy.

Tuck tiene 15 años de edad ahora. <i>Foto por Christine Marie Kilmer</i>

Tuck tiene 15 años de edad ahora.
Foto por Christine Marie Kilmer

Éstas también son cosas que la gente necesita, hemos añadido un sinnúmero de enmiendas y cláusulas a las demandas que hacemos de las personas que amamos, o queremos amar. Tuck ya no es un cachorro joven con entrañas indestructibles.

De hecho, mi madre informa que va al baño en la casa de nuevo por primera vez desde que era joven.

No parece sentir dolor, o estar decaído, pero sí en declive, dijo.

A los 15 años, es un hombre viejo a pesar de que no parece saberlo.

Pero lágrimas brotan de mis ojos cuando pienso en él dirigiéndose al punto sin retorno, donde lo llamo y no viene corriendo hacia mí, pensando que algún día volveré a casa y no estará allí.

La última vez que estuve en casa y vi a Tuck todavía jugaba para todo, aunque ahora necesita ayuda para saltar al sofá y subiendo las escaleras.

Tuck todavía corre con gran entusiasmo, pero más lento y no tan lejos como antes.

Como se está quedando un poco sordo, no siempre puede oír a mis hermanas y a mí llamándolo, por lo que nos tiene en su visión periférica y movemos nuestros brazos para llamar su atención.

Cuando se da cuenta, él mueve la cola, nos da una sonrisa colgando la lengua y viene saltando hacia adelante.

En esos momentos él es la encarnación de la alegría pura.

Yo lo amo y le doy las gracias por todo lo que me ha enseñado.